“Tu hermano es el espejo en el que ves reflejada la imagen que tienes de ti mismo”…
“Cuando un hermano actúa insensatamente te está ofreciendo una oportunidad para que lo bendigas. Su necesidad es la tuya. Tú necesitas la bendición que puedes darle. No hay manera de que tú puedas disponer de ella excepto dándola”…
No le enseñes a nadie que él es lo que tú no querrías”…
“Tu hermano es el espejo en el que ves reflejada la imagen que tienes de ti mismo mientras perdure la percepción”…
Jesús, UCDM
¿Quiénes son nuestros hijos?, ¿A quién vemos en ellos?, ¿Les subestimamos? ¿Hay desconfianza sembrada en la relación? ¿Hay mentiras y engaños? ¿Hay honestidad? ¿Les conocemos en verdad? ¿Sabemos lo que andan buscando? ¿A qué le tienen miedo? ¿Qué les hace felices?
¿Buscamos para los hijos, ayuda “profesional” de terceros quizás para no hacer lo que nos atañe?
¿Qué nos hace suponer que sus dudas, miedos, angustias, resentimientos, inseguridades; sus emociones y sentimientos de culpabilidad e insuficiencia, de baja autoestima, deben ser atendidas por “otros”, o bien mediante el desentendimiento, la apatía, la indiferencia, la ira, el enojo, la rabia, los insultos o la agresión física y mental por parte nuestra, y que de ello resultará una relación armoniosa y amorosa?
La fortaleza o la debilidad que percibamos en nuestros hijos, la confianza o desconfianza que les tengamos, será exactamente el pensamiento que reforzaremos no solo en la relación con ellos como parte inseparable de nuestra experiencia, sino en todas las demás relaciones que mantengamos.
Aquello que ofrecemos al universo será la medida exacta de lo que hemos de recibir.
Lo que les enseñamos será lo que aprenderemos.
Es imposible reforzar el sentimiento de odio en una relación (diferencias, desconfianza, culpa, miedo, indiferencia, apatía, duda, dependencia, sacrificio, separación, ira, conflicto, inconsistencia, incongruencia, mentira, tristeza, carencia, ataque, juicio, humillación, agresión, vulnerabilidad, enfermedad), y querer recoger amor ahí.
Sería sano meditar, hasta por una cuestión de “conveniencia personal” que hemos de estar muy alerta y ser cuidadosos con lo que sembramos en cada una de nuestras relaciones a través del pensamiento con el que las encaramos, ya que será la medida exacta de lo que recogeremos en todas ellas a la postre.
Nos convencemos de esforzarnos, e incluso hablamos de “sacrificarnos” con el fin de dar a aquellos que decimos amar lo que desean.
¿Nos hemos tomando el tiempo para saber que desean en verdad?
Los hijos no buscan médicos, administradores, ingenieros, arquitectos, abogados, artistas exitosos, empleadas domésticas, bienes materiales, ni servicios.
Andan en la misma búsqueda de nosotros. Queriendo encontrar a alguien que pueda explicarles con honestidad y claridad a cada uno en su lenguaje, en su nivel de entendimiento, con sus códigos de comunicación, la verdad acerca de ¿quiénes son, y qué han venido a hacer aquí?
Pequeños, adultos, ancianos, transitamos por el mundo en un auténtico pedido de ayuda, de auxilio, de amor. Nadie es feliz aquí. Nadie es completamente dichoso con lo que tiene. Si bien, nos hemos vuelto expertos en esconder lágrimas detrás del maquillaje, la pintura y el disfraz.
Lo que buscamos nunca nos lo podrá dar el mundo que fabricamos.
Inventamos, desarrollamos, evolucionamos, cambiamos, negociamos, criticamos, compramos, vendemos, peleamos, luchamos, vamos a guerras insensatas, asesinamos, nos matamos entre nosotros, nos mudamos, nos casamos y nos divorciamos, morimos y volvemos a nacer, pero la felicidad parece no llegar nunca.
Una simple muestra del mundo de caos que hemos fabricado es el aumento en el consumo de fármacos, que sólo nos sumerge aun más en el letargo, la adicción y una mayor pérdida de consciencia. O los alimentos, que cada vez alimentan menos. O las numerosas cirugías plásticas que se realizan intentando cambiar todo aquello que no nos gusta en nosotros.
Meros angustiantes esfuerzos que muestran que aquí nadie está a gusto con lo que tiene.
Siempre queremos “más”. Siempre nos falta “algo”. Esto habla de un permanente estado de inconformidad, de permanente insatisfacción, de vacío que intentamos llenar de algún modo.
Sonámbulos y anestesiados transitamos por el mundo adquiriendo infinidad de cosas que se nos “ofrecen” con la promesa de que a través de ellas, alcanzaremos la dicha.
Abrazamos la idea de que la felicidad está en diferenciarnos de los demás, en despegarnos del resto, en un verdadero estado de aislamiento y separación, de permanente competencia; en lograr el individualismo, una identidad solitaria, exclusiva, única, haciendo cada vez más grande la brecha entre nosotros y el resto.
Creemos que la felicidad está en la separarnos unos de otros, acumulando y atesorando “algo” más que los demás no tengan y que nos distinga, que nos haga sobresalir de la masa.
Así transitamos la vida a empujones, “abriéndonos” espacio, “haciéndonos sitio”. Compitiendo unos contra otros, en busca de ser “más y mejores” que el resto. Buscamos desesperadamente ser “diferentes”, “exclusivos”, “talentosos”.
En nuestra ciega carrera por ser “más de algo”, en nuestra profunda confusión entre tener y ser, sirve incluso ser “más desdichado”, “más desgraciado”, más infeliz”, “más culpable”, “más víctima”.
Corremos detrás de ser “más”… no importa qué.
Llegamos a pagar fortunas a las escuelas donde se enseña a nuestros hijos a “ser diferentes”, “más destacados”, “sobresalientes”, y nos enorgullecemos cuando les colocan estrellas premiando este estado de aislamiento, de separación que solo aumenta su ansiedad y vacío.
Creímos en que “seríamos mejores”, “diferentes”, “felices y exitosos”, estudiando carreras y curso que el sistema nos proponía como de “éxito”. Como si de acumular información se tratara.
Estudiamos mucho, nos capacitamos, para luego usar poco o nada de lo “aprendido”, y simplemente constatar que luego de la finalización del último curso seguíamos insatisfechos, notando como la desilusión, la desazón, la depresión y el desencanto volvían a aparecer producto de que el vacío interno aun estaba allí.
“Destacarse” por encima de los demás sin importar el precio, ese es el lema del mundo que fabricamos. “Ser diferente” es la consigna. Y para ello, hemos construido sociedades donde el fin justifica los medios. Llegar a ser “más” que el resto sin importar si para ello hemos de venderle el alma al diablo.
Para “ser exclusivos, únicos, distintos, exitosos, felices”, viviendo en un estado de aislamiento y soledad, individualismo y miedo a la perdida, hemos tenido que dejar por el camino la unidad, la comunión, la comunicación, la solidaridad, la hermandad, la re-unión, la misericordia, la gratitud, la bondad.
En pos de los intereses individuales quedaron por el camino los intereses comunes.
Abandonamos amistades, familias, relaciones, valores, hermanos, hogares, comunidades, en pro del “éxito”. Nos olvidamos de divertirnos. Nos tomamos todo demasiado en serio.
Dimos paso al “úsalo y tíralo”, a lo “efímero”, a lo “pasajero”, al “no compromiso” con nada que sea duradero, constante, permanente, y ni hablar de aquello que “huela” a eterno.
Nos asombramos y preguntamos sorprendidos: ¿Por qué aumenta el índice de suicidios?, ¿Por qué hay enfermedades nuevas y de mayor intensidad?, ¿Qué provocó un aumento en el índice de obesidad y diabetes?, ¿De dónde aparecieron la bulimia y la anorexia?¿Cómo se disparó el alcoholismo, la drogadicción, la adicción a los antidepresivos u otros fármacos?¿Qué hizo estallar la violencia de esta manera?¿Que “infortunio” o “conjuro” provocó que cada vez hubiera más “diferencias” sociales y de clase?
¿No será que el mundo que fabricamos es el reflejo fiel de tanto pensamiento de división, separación, soledad, miedo y asilamiento?, tanto pensamiento individualista.
Todos quienes hemos llegado hasta aquí, quienes creemos vivir en una experiencia física, andamos deambulando por estas tierras sin saber quiénes somos, qué vinimos a hacer. Una profunda crisis de identidad nos azota, y la intentamos salvar a través de diferentes “redentores”.
Esa es la causa, la única causa que nos motiva a enfocar todas nuestras fuerzas a la búsqueda de tantos y tantos “satisfactores” externos, meros “ídolos de barro”, simples formas, en algunos casos muy sofisticadas como la tecnología, pero pasajeras al fin, que acabarán por desilusionarnos tarde o temprano, y que por un tiempo, hasta que aparezca la siguiente, sólo acarrean beneficios a sus fabricantes. Algo muy parecido a un espejismo en el desierto.
¿No será que durante todo este tiempo hemos estado buscando la respuesta donde no está?
¿No será que la respuesta se encuentra justamente en hacer lo opuesto a lo que hemos venido haciendo hasta ahora?
¿No será que la respuestas está en des-aprender todo lo que nos enseñamos mal?
¿No será que la respuesta del tener está en saber quiénes somos?
¿No será que quienes nos sugieren perseguir, empujar, cambiar, luchar, comprar, vender, hacer, forzar, aislarnos, buscar incesantemente, tienen intereses creados en nuestra infructuosa y agotadora búsqueda?
¿No será que la felicidad, la dicha, la plenitud, se encuentran en la unión, la hermandad, en ver al otro como un compañero entrañable de camino en el viaje de recordar quiénes somos, de regreso a casa, que anhela tanto como nosotros encontrar la respuesta?
¿No será que aquel al que llamo “el otro” es alguien con quién he de caminar de la mano, apoyándome en el, uniéndome a él, y no separándome?
¿No será que la autentica dicha vive detrás de la aceptación, el no juicio, la gratitud hacia todo y todos aquellos que aparecen en nuestra experiencia, reconociéndoles como actores imprescindibles de mi película, de mi sueño?
¿No será que la respuesta a todo pedido de amor, es el amor, entendiéndolo como un acto de unión, como la construcción de puentes para encontrar lo que nos une y no lo que nos separa, identificando similitudes y no diferencias?
¿En que se transformarían nuestras relaciones, con nuestros hijos y con el resto del mundo, si las vaciáramos de expectativas, si los demás se sintieran amados, respetados, honrados, por el simple hecho de estar en nuestra experiencia, por la sencilla razón de haber aparecido en escena, sin sentir que tienen que rendirnos cuentas, cubrir expectativas, aprobar examen alguno para agradarnos y congraciarse con nosotros o con alguien más?




